Ajustó avances, encerró la CNC y cambió el husillo por uno equilibrado. Descubrió que el acabado mejoraba y el taller olía menos a estrés. Empezó a ofrecer muebles a medida con veta continua y un relato de proximidad, ganando clientes que valoran descanso, precisión, reparabilidad y un proceso tan cuidado como cada unión invisible que sostiene la pieza.
Aprendió a modelar plantillas y rigidizadores para fieltro en software libre, imprimiéndolos en bioplástico. Su colección abraza curvas del cuerpo, aprovecha la elasticidad natural y reduce mermas. Cada prenda guarda el gesto manual, pero la guía impresa asegura talles consistentes, tejidos reparables y colores vegetales que narran caminos, pastos de altura y estaciones vividas junto al rebaño.
Aceite de tung, linaza cocida y ceras de abejas nutren sin sellar en exceso. La caseína aporta dureza y un mate sedoso. Aplicados con paciencia, dejan que la veta hable, facilitan retoques locales y reducen lijados ruidosos. La madera responde con brillo profundo, textura amable y una protección que se renueva sin desmontar herrajes ni sacrificar bordes precisos.
El fieltro agradece puntadas visibles, refuerzos discretos y bordes termoformados con moldes impresos. Las piezas pueden desarmarse para lavar, reforzar o teñir de nuevo. Repelentes naturales ayudan contra polillas sin olores agresivos. Cada intervención deja memoria mínima, permitiendo ciclos de uso largos, silenciosos, cariñosos con la piel y coherentes con su origen pastoral y comunitario.