Antes del primer corte, el cuerpo aprende el clima: respiraciones lentas, estiramientos suaves y un café que calienta dedos, herramientas y ánimo. Esta preparación reduce errores, cuida tendones y abre la escucha al material. El ruido, si aparece, se gestiona: puertas acolchadas, suelas blandas, movimientos medidos que convierten cada paso en compás creativo y seguro.
Aquí el reloj no manda, acompaña. Se mide la humedad de la madera, se deja reposar el cuero, se ajusta el barniz en capas finas que secan con la paciencia del sol invernal. Planificar descansos previene fallos, permite afinar detalles minúsculos y refuerza una relación afectuosa con la obra, donde la prisa cede espacio a la precisión y al disfrute pleno del oficio.